Cámaras de tortura
Escondida entre las antiguas salas de piedra del castillo hay una exposición que suele dejar boquiabiertos a los visitantes: una colección de instrumentos de inmovilización y castigo, entre los que se incluyen una silla de púas, un potro de estiramiento, tornillos de pulgar y una doncella de hierro —el tipo de instrumentos que en su día simbolizaron la justicia medieval y de la Edad Moderna en toda Europa—. Se encuentran bajo techos abovedados bajos y una iluminación tenue, lo que basta para crear la atmósfera adecuada sin necesidad de muchos adornos.
Históricamente, la realidad es un poco menos dramática de lo que sugiere la exposición. Bran funcionaba principalmente como puesto aduanero y fortaleza defensiva que custodiaba el paso de montaña entre Transilvania y Valaquia, y no como un lugar destinado específicamente a los interrogatorios. Muchas de las estancias que ahora se presentan como «cámaras de tortura» probablemente tenían fines más prosaicos: almacenes, cuarteles de la guardia o celdas de detención para contrabandistas y evasores de peaje que atravesaban el paso. Los instrumentos expuestos representan la época en general, más que hechos documentados que tuvieran lugar en este castillo concreto.
Dicho esto, los objetos en sí son artefactos auténticos de la época y ofrecen una perspectiva útil, aunque inquietante, sobre cómo se practicaban el castigo corporal y los interrogatorios en la Europa medieval y de la Edad Moderna en general. Los artilugios como estos se utilizaban normalmente tanto con fines disuasorios y como espectáculo público como para obtener confesiones; a menudo, la amenaza resultaba más eficaz que el propio instrumento.
La exposición se ha convertido en un complemento natural de la asociación de Bran con Vlad el Empalador, cuya brutal reputación (merecida o exagerada, según la fuente) hace que la combinación resulte acertada incluso cuando el vínculo histórico es débil. Los visitantes no deben esperar un relato académico de incidentes concretos ocurridos en Bran, sino más bien una sensación tangible y ligeramente teatral de una época más cruda —una que encaja perfectamente con la otra identidad del castillo, mejor documentada, como refugio de montaña de la reina María.
